Fundación Colombiana para la Educación y la Inclusión Social
info@fundacionceis.org

La columna que erige la dignidad del ser

Posted by on abril 11, 2016 in Opinión | 0 comments

paz

La columna que erige la dignidad del ser

Importancia de la Constitución como brújula para la Paz

Por: Andrés Sanabria | Director Fundación CEIS

Se decía que en el año 221 a. C., Qin Shi Huang fue un gran conquistador, tanto así que contribuyó a la unificación de China, destruyendo las murallas que dividían su imperio para luego ordenar la construcción de una nueva muralla más allá del río amarillo utilizando esclavos y campesinos como principal mano de obra. Se decía también que en el momento que alguno enfermaba, o simplemente se le notaba exhausto, los soldados bajo su mando lo arrojaban a los cimientos y lo dejaban morir de hambre y agotamiento. Así y a lo largo del tiempo, aproximadamente 10 millones de obreros sirvieron literalmente de base al haber sido sepultadas debajo de las estructuras de lo que hoy conocemos como la Gran Muralla China.[1]

Otro muro fue erigido con el tiempo, este medía entre 3,5 y 4 metros de altura, con un interior formado por cables de acero para aumentar su resistencia. Entre 1961 y 1989 más de 5.000 personas trataron de cruzar el muro y más de 3.000 fueron detenidas. Alrededor de 100 personas murieron en el intento. De este se decía que quedaba en Berlín, su caída vino motivada por la apertura de fronteras entre Austria y Hungría en mayo de 1989, ya que cada vez más alemanes viajaban a Hungría para pedir asilo en las distintas embajadas de la República Federal Alemana. Este hecho, motivó enormes manifestaciones en Alexander Platz que llevaron a que, el 9 de noviembre de 1989 el gobierno de la RDA afirmara que el paso hacia el oeste estaba permitido. Ese mismo día, miles de personas se agolparon en los puntos de control para poder cruzar al otro lado y nadie pudo detenerlos, de forma que se produjo un éxodo masivo. Al día siguiente, se abrieron las primeras brechas en el muro y comenzó la cuenta regresiva para el final de sus días. Una vez liberados, familias y amigos pudieron volver a verse después de 28 años de separación forzosa.[2]

Condensar dos acontecimientos de la historia tan importantes como los antes mencionados en dos párrafos para utilizarlos a modo de introducción, puede suponer un acto de irresponsabilidad con la historia; sin embargo creo pertinente enunciarlo ya que en las dos habita un hecho significativo del cual necesito aferrarme. Estos dos muros fueron erigidos por intereses comunes en dos instancias y culturas diferentes, y en su construcción, miles de vidas fueron sacrificadas por un mismo ideal, pero igualmente fuerte sonó la voz de millones de seres que protestaban en contra de las atrocidades cometidas y de sus muertes injustificadas.

En la década de 1980 aproximadamente, los cimientos de nuestro país estaban empezando a formarse con los ideales convertidos en sangre de muchos colombianos, recordamos así, en 1984 y tras de sufrir varios atentados, la muerte del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla quien había denunciado la vinculación con el narcotráfico de varios miembros de la clase política colombiana. En 1985 la toma al palacio de justicia se hizo inminente, en ella más de cien muertos y una decena de desaparecidos entre ellos varios magistrados de la corte suprema de justicia fue la cuota de sacrificio que aún ahora se está pagando.  En diciembre de 1986, frente  a las instalaciones del Espectador, su propietario y director Guillermo Cano Isaza cayó asesinado. El 13 de octubre de 1987 un grupo de sicarios acabó con la vida de Jaime Pardo Leal, máximo dirigente de la unión patriótica, UP, partido político que surge en el marco de los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el gobierno de Betancourt. Este asesinato fue el inicio del exterminio de de este grupo de la izquierda, víctimas de la denominada “guerra sucia.” En 1988 el conservador Andrés Pastrana Arango fue secuestrado. Ese mismo año y víctima del cartel de Medellín el Procurador General De La Nación, Carlos Mauro Hoyos fue asesinado. En 1989 fue abatido Carlos Valencia García, Magistrado del Tribunal de Bogotá. Ese mismo año, precisamente el 18 de agosto en horas de la noche tuvo lugar el magnicidio de Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato liberal a la presidencia de la republica. En el mes de septiembre, un furgón bomba destruyó las instalaciones del Espectador. En el mes de noviembre estalló en pleno vuelo un avión de Avianca, 107 personas murieron víctimas del narcoterrorismo. En el mes de diciembre un bus cargado con dinamita estalló en la sede del Departamento Administrativo de Seguridad DAS. [3]

Toda esa cuota de dolor, toda esa sangre que tiñó de rojo nuestro país  por un buen tiempo, todos los muertos olvidados, inmortalizados en bustos que decoran las calles de Bogotá y que ya nadie los ve, y sumado el silencio de millones de colombianos en una marcha en contra de tanta violencia vivida, fueron los cimientos de uno de los pilares más importantes de nuestro País: La Constitución de 1991. Nietzsche en su libro Así Hablaba Zaratustra nos dice que  “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.”[4] Lo cito desviándome un poco de su intención filosófica, porque es quizá la tinta de sangre, que de alguna manera ha escrito nuestra historia, lo que hace de la Carta Magna de 1991 uno de los más bellos textos y sin duda el más importante que todo ciudadano debiera leer.

Hace poco, la constitución cumplió 25 años de haberse reformado. En un texto sobre constitución de la Defensoría del pueblo, nos ilustra diciéndonos que  La Constitución Política de 1991 es la decimosexta constitución y la sexagésima séptima enmienda a la Constitución de 1865. Como decimosexta Constitución da cuenta de las derogaciones de las quince constituciones anteriores, y como enmienda, del antecedente de las sesenta y seis reformas a la Constitución que derogó en asuntos de especial relevancia. Cesar Gaviria en su discurso de instalación de la Asamblea Nacional Constituyente nos dice que Las profundas transformaciones de nuestro país han creado una brecha entre la realidad y las instituciones entre el desarrollo socioeconómico y el desarrollo político, entre la sociedad civil y el estado. La reforma debe cerrar esta brecha. Y en esta tarea la vitalidad de las democracias, tanto de las que surgieron para rechazar las atrocidades de la segunda guerra mundial como de las que nacieron el año pasado, derrumbando muros y rescatando libertades, puede servirnos de inspiración para construir una sociedad más abierta y menos desigual, una democracia más participativa, un estado más eficiente y responsable, una comunidad más solidaria.

Hago mención a esto porque es claro que ha pasado mucho para tener lo que hoy, igualmente con sus pro y sus contras nos cobija, es decir, pensar nuestro país hoy día como un Estado Social de Derecho, “la nueva Constitución dio un paso renovador puesto que de esta forma el estado trascendía su mera función de administrador para convertirse en servidor y garante del desarrollo de los colombianos, como personas como familia, y como nación. Es decir, se estableció un compromiso del estado con los ciudadanos quienes investidos de poderes, pueden exigirle desde ese momento a la administración pública que les garantice su plena realización.”[5]

Sin embargo y volviendo a su aniversario, hay quienes opinan que la constitución es más un documento neoliberal, inoperante que dista mucho de la realidad colombiana. Por ejemplo me encontré un artículo de junio del 2011 en el periódico virtual del espectador escrito por el señor Alejandro Gaviria, en el que si bien parte de una cita contundente “las tiranías celebran los cumpleaños de sus líderes; las democracias, los aniversarios de sus constituciones.” Igualmente, el columnista pone en entredicho algunas inconformidades frente a algunos avances, por ejemplo habla que El Estado Social de Derecho ha tenido más efectos simbólicos que reales. Cambió el discurso, pero no la realidad. Seguidamente enuncia la Pérdida del dinamismo en el progreso social, el porcentaje de la población con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) disminuyó más lentamente durante los últimos veinte años que en las décadas precedentes. Las coberturas de servicios públicos, en agua potable y alcantarillado en particular, dejaron de crecer. Más preocupante aún, el desempleo y la informalidad laboral aumentaron de manera significativa, se convirtieron en una realidad inescapable, trágica para la mayoría de los colombianos sin educación universitaria. En síntesis, la exclusión económica pudo mucho más que la inclusión social promovida por la Constitución de 1991. Dicha publicación fue hace cinco años y las cosas no han cambiado mucho.

Puede resultar obvio que la realidad colombiana no se ajuste a lo que propone la constitución en sus páginas como los derechos que los ciudadanos colombianos tienen, igualmente pueda verse, a partir de esta realidad que nuestra carta magna se vea mas como un ideal utópico e intangible; pero otra realidad se encuentra en el craso error que cometemos al pensar que un manifiesto de derechos puede por sí solo. A esta suma de errores podemos anexarle el “comodismo” colombiano, la “excusitis” y la falta de memoria; por ejemplo, en el Artículo 41 Dice queEn todas las instituciones de educación, oficiales o privadas, serán obligatorios el estudio de la Constitución y la Instrucción Cívica. Así mismo se fomentarán prácticas democráticas para el aprendizaje de los principios y valores de la participación ciudadana. El Estado divulgará la Constitución. No obstante en nuestra realidad educativa esto es irrelevante, en la mayoría de las instituciones se ve como una materia de contenidos y estrategias vacías, ¿y luego qué? Pues salen sujetos indolentes, apátridas e intolerantes.

Para concluir entonces, la reforma a la constitución nació de una propuesta colectiva, de una participación democrática y es un asusto de todos velar por hacerla parte de nuestra realidad, ya que no puede gestarse una cultura de Paz sin la toma de conciencia de nuestros derechos y deberes. Aunque sea solo uno, como lo dijo nuestro inmortal Jaime Garzón (más elocuente ahora que nunca): Artículo 12. Nadie será sometido a desaparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. O como lo hace expreso en la traducción indígena de la comunidad Wayuu: Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona aunque piense y diga diferente. Con ese sólo artículo, y volviéndolo parte de nuestra vida diaria, según él, salvamos este país. Y yo le creo.

[1]http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Muralla_China#Periodo_anterior_a_la_unificaci.C3.B3n_de_la_Dinast.C3.ADa_Qin
[2]http://www.disfrutaberlin.com/muro-berlin
[3]Nuestra Colombia 200 años de vida nacional, grupo editorial norma, 2002, pág. 242
[4]http://es.wikisource.org/wiki/Zaratustra_8:Del_leer_y_escribir
[5]La constitución de 1991 temas y perspectivas pag 249

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *